19 de noviembre de 2014

Invisible.

Para quien no lo sepa aún: soy estúpida. Tengo la mala costumbre de terminar pidiendo perdón por cosas que no he hecho mal o directamente ni siquiera he hecho. El más pequeño detalle, que a alguien le puede parecer insignificante, a mi se me clava como un puñal y después, no puedo pensar en nada más. Me vuelvo a sentir pequeña, diminuta y no quiero volver a pasar por todo lo que esto conlleva. Me estoy ahogando en mi propio vaso de agua. Quiero ser fuerte, quiero ser una guerrera, quiero ser como un rascacielos, quiero ser esa persona que es feliz sin más que no se preocupa por nada y que no depende de que alguien le preste atención. En realidad, en todo este embrollo me he metido yo solita, porque me gusta autodestruirme. Lo estoy consiguiendo, poco a poco cada vez me convierto en menos, y en todo aquello que tanto odié y odio. Dije que jamás me iba a volver a arrastrar por un tío, pero aquí estoy escribiendo esto y quedando como la gran gilipollas insuperable que soy. Lo irónico de todo esto, es que veo perfectamente todos los errores que cometo, pero no puedo pararlos y hacer otra cosa. Es algo instintivo, me sale sin yo quererlo y lo odio. Lo odio porque me hace parecer débil, hace que todos sepan de mis debilidades. Uno de mis errores, es que soy tan insegura que al final termino pensando que si alguien no quiere compartir su valioso tiempo conmigo, es solo por mi culpa. Sin darme cuenta de que a lo mejor esa persona realmente lo que no merece es que yo pierda mi tiempo con ella. Sin embargo, me da por pensar en todo lo que tal vez estoy haciendo mal con ellos, ¿por qué no me quieren a su lado? me pregunto una y otra vez. Intento cambiarme, ser otra persona distinta, pero no lo consigo, estoy dentro de un círculo vicioso que no hace más que girar y girar, dejándome mareada, confusa y muy perdida.
Es gracioso como a veces podemos confundirnos tanto con alguien. Como idealizamos a una persona y la ponemos en el escalón más alto, dejándonos a nosotros mismos por los suelos, sin darnos cuenta de que no se lo merecen. Cuanto más arriba me vengo más fuerte es la hostia que me doy contra la realidad. Fría y triste realidad. Y si, no es la primera vez que me ocurre. No estoy enamorada, pero estoy encaprichada por una persona que prefiere a todas las demás que a mi. Por un chico que prefiere una chica que pase de su cara, a una que está todo el rato a su lado sin que él se de cuenta. Es triste como dije que no iba a volver a quedarme ciega por un tío más y aquí estoy otra vez. Por otro. Y peor. Yo solo quería que él sintiese lo mismo que yo, que a mi lado se convirtiese en una mejor persona (la que en realidad yo sé que en su interior es). Quería que tuviese tantas ganas de abrazarlo como yo las tengo. Quería que solo por una puta vez dejara de pensar en él, y se diese cuenta de que existo, de que soy una persona de carne y hueso, que tiene sentimientos y un corazón muy muy frágil y medio roto. Pero como siempre he sido una ilusa y solo me he fijado en el su lado bueno, dejando de lado todo lo malo. Esta vez la balanza se inclina claramente a todo lo que odio: su egocentrismo, su ego, que sea tan creído, que sea chulo y un borde de mierda. 
Y que estos días he estado intentando alejarme de él y su maldito olor (que reconozco a metros), y no, no he fallado en esto. Lo he hecho. Le he quitado la cara cuando me iba a dar un beso, me he hecho la loca cuando estaba cerca mía solo para que no se parara a contarme sus batallitas sin preguntarme que por qué tengo cara de tristona, ni siquiera le he mirado en clase cuando estaba delante mía ni una sola vez, ni le he sonreído cuando le he visto por los pasillos. Pero, ¿sabéis qué? Me ha costado dios y ayuda hacerlo. Hacía tiempo que no me sentía tan mal, cada vez que le apartaba la cara o le rechazaba un abrazo, yo solo quería dar marcha atrás al tiempo y dejar que lo hiciese, o simplemente volverme a girar, cogerle y abrazarle y no soltarle nunca más. Pero no.
Pero lo que más me ha dolido es que a él le de igual todo. Que pase de mi, que no se preocupe de porque lloro por las esquinas, y que ni se pare un segundo a pensar que porque cojones estoy tan rara con él. Simplemente para él no soy nadie. Y yo mientras aquí llorando a moco tendido, sintiéndome responsable de toda esta (su) mierda, y sintiéndome culpable por haberlo hecho, cuando tendría que estar feliz por poder ser capaz (aunque con mucho esfuerzo) de yo también saber pasar de él.,,


En realidad todo lo que he hecho estos días no ha sido por mi, ha sido por él. Para hacerle ver que perderme es un error y que estoy aquí, delante suya dispuesta a estar a su lado en las buenas y en la malas.
Incluso todo lo que he escrito es por y para él. 
Soy estúpida.

31 de octubre de 2014

Contradicción.

Aunque parezca mentira a veces me cuesta muchísimo juntar las palabras y decir lo que realmente siento. Yo lo admito, soy muy contradictoria. Digo que no quiero algo, pero yo sé en el fondo de mi que en realidad si lo quiero. Y que sí, que sé que está mal pero no lo comprendo o mejor dicho, no lo quiero comprender. Soy de esas personas que por muchos palos que le de la vida, sigue adelante. Puedo agachar la cabeza y llorar, pero termino sacando una sonrisa (ella llora con sonrisas, decían. Y que cierto es). Puede que me esté traicionando a mi misma, a mis valores y a todo lo que dije que no haría. Pero a veces es sumamente difícil ir en contra de tus sentimientos. Intentas ir contra viento y marea, luchar contra aquello que sabes que un día se apagará, pero al final tu corazón gana la pelea, y tienes que terminar cediendo. Pero sobre todo tienes que resignarte a ver como tú misma te conviertes en aquello que dijiste que odiabas. Tú me has vuelto ciega. O bueno, me has nublado la vista, me confundes, pero a la vez me enloqueces. Me haces querer dejarlo todo, pero también me haces querer comerme el mundo (contigo). Ilusa. Gran adjetivo que me define a la perfección. Quiero pensar y quiero creer que saldrá bien, que esto no se acabará tan rápido. Y sé que lucharé contra todos los obstáculos que se me presenten solo para verte sonreír, para que estés a mi lado.
Que gilipollas somos las personas, que siempre queremos aquello que nos hace sufrir.
No sé para que generalizo. La gilipollas y estúpida sin duda alguna soy yo, que quiero lo que no debo de querer, y odio a quien debo de querer.
Pero como he dicho al principio de este texto sin sentido, soy muy contradictoria.
Y hoy por hoy, solo puedo decir que te quiero y te odio.

10 de septiembre de 2014

Es tiempo de reinventarse.

Época de cambios y aquí estoy yo, tan asustada como siempre. En mi interior sigo siendo esa niña pequeña que cuando tenía miedo se escondía debajo de las sábanas. Y que coraje me da, ya que parece que el tiempo, en ese aspecto, no pase por mi. No me cambia. Siempre suelo decir una frase de vez en cuando a las personas que más quiero: 'ojalá el tiempo no te cambie'. Pero esa frase no va para mí misma. Ojalá el tiempo pasará y pasará y me cambiará totalmente. 
De todas formas, empiezo una nueva etapa. Una nueva etapa de verdad. Quiero dejar el pasado atrás, dejando de pensar en él y así, poder centrarme en mi futuro. Y es que empiezo la universidad, y puedo decir que por una parte estoy deseando saber que me deparará este curso, estoy con miles y millones de ganas de observar a los compañeros que me acompañarán durante este viaje de cuatro años y me emociona saber que es una ciudad desconocida, así que voy a ser nueva allí, iré totalmente sola y podré ser quién en realidad soy. Sin embargo, esa última parte también me aterra. Me da un miedo atroz acercarme a alguien y que ni me mire. ¿Qué voy a decir? ¿Qué voy a hacer? ¿Si yo no pienso nada bueno de mi misma, qué pensarán todos ellos de mi? 
Porque sé que a todos nos asustan los cambios, y es ilógico porque siempre pensamos en ellos con un bálsamo para nuestras heridas. Nos quejamos de la rutina, del día a día, de como los minutos parecen horas, y cuando aparecen los cambios, esos que nos dan la oportunidad de poder cambiar... nos asustamos y no queremos que lleguen. Y sí, los cambios al principio son duros, pero muchas veces son lo que mas necesitábamos.
Por eso sé que necesito empezar ya, la universidad va a ser como una terapia para mi. Y ahora puedo decir que uno de mis principales objetivos es superar todos esos miedos y complejos que tengo guardados bajo llave en mi interior.
Puede parecer una locura, pero otros de mis objetivos es aprender muchísimo. Tengo ganas de saber nuevas cosas, de estudiar, de investigar, de trabajar duro, de pelar y luchar por lo que quiero... 
Pero mi objetivo primordial será reinventarme. No quiero dejarme otra vez pisotear por los demás. No quiero esconder quién soy detrás de una careta, tampoco quiero mentir y no estar a gusto ni contenta. Quiero poder disfrutar del recorrido que voy a hacer durante todo este viaje. Sonreír a la vida y a todo lo que se presente. Ser feliz. 
Y especialmente, quiero ser yo misma, la verdadera María (aquella que siempre vivía escondiéndose).


24 de julio de 2014

Las cosas que no dijimos.

Como duelen las palabras. Pero no esas palabras que la gente suelta por la boca, sin pensarlas solo para hacerte daño. No. No me refiero a ese tipo. Ni siquiera me refiero a los insultos, o a esas voces de mi mente que dicen que soy lo peor de este mundo. Que va. Me estoy refiriendo a esas palabras que no se dicen. A todas aquellas palabras que un día nos callamos por miedo a que cuando las dijéramos todo cambiara... Somos unos putos cobardes. Y por culpa de ello, ahora nos duele. O me duele. Porque realmente soy yo la se ha tragado todas aquellas emociones, sentimientos, palabras, y párrafos que quería decir(le). A veces algo tan simple como un "buenos días", o algo tan complicado como un "te quiero". Y cuando esa persona a la que le querías decir todo aquello se marcha en un tren sin retorno, te arrepientes. Te das cabezazos con la pared y te preguntas a ti misma porque diablos no le dijiste todo aquello que esa persona se merecía escuchar. Y lo sabes, es por el miedo. También por la cobardía, el temor y por el rechazo que podrías recibir sin esa persona te dice que no quiere escuchar aquello que tanto te costo soltar.
Pero que le vamos a hacer. Este mundo apesta, nadie dice ya lo que realmente piensa. Somos hipócritas, la gente sincera y que expresaba sus sentimientos dejó de existir hace bastante tiempo. Eso sí, la gente se suelta parrafadas por Whatsapp, porque allí nada importa. Pero, ¿y cara a cara, qué? Cara a cara nada. No decimos ni una sola palabra. Un día alguien muy lejano a mi en este momento, me dio un buen consejo, "nunca te calles las cosas, di lo que sientes porque si no un día será demasiado tarde y no habrá marcha atrás y ni habrá un botón para salir de la partida sin guardar. Arriésgate." ¿Qué por qué no le hice caso? No lo sé, solo me calle, y dije que las palabras se fueran por mi garganta, por miedo a herir a la gente de mi alrededor, sin darme en cuenta que ya los estaba hiriendo y también a mi misma.
Maldita sea. Como duele. Y sí.
Me
estoy
atragantando
con
las
palabras
que
no
nos
dijimos.

7 de julio de 2014

J.

Cuando escribo en papel algo que llevaba muchísimo tiempo guardando en mi interior, es como si se hiciera más real. Toma más sentido. Es ahí cuando te das cuenta que eso que llevabas escondiendo tanto tiempo, era un pensamiento real, que lo sentías de verdad y que no solo eran paranoias mentales tuyas. O bueno, al menos eso me pasa a mi. Por eso, quiero saber si lo que está haciendo que mi mente sea un caos total tiene algo de sentido, así que voy a escribirlo. Allá voy:
Al principio era una simple amistad, inocente, sin segundas nis malos rollos. Yo en esos tiempos solo buscaba la mirada de un chico y no era él. Era un chico de estatura media, ojos oscuros y cara bonita. Estaba completamente loca por él, por lo que hacia, por lo que decía, e incluso por lo que no decía. Era uno de esos amores, que te ciegan y no te dejan ver más allá de eso. Te vuelven completa y asquerosamente estúpida. Sin embargo, cuando me di el batacazo con el chico de cara bonita, el otro chico siempre estuvo ahí. Él no era un cara bonita, él era mucho más que algo tan superficial como aquello. Pero yo seguía sin verlo, además él tenia novia. Un chica bajita, con pelo castaño claro, con dulce sonrisa y con unas notas excelentes, vamos... como diría yo, una chica casi perfecta. Ella no era mi amiga, es mas, al principio ella no me soportaba y ni siquiera le había hecho nada. Pero con el paso del tiempo, se convirtió en una buena amiga, ni la mejor que tendré ni la peor, pero si que era una amiga que es lo que cuenta. Llegó el verano y yo seguía colada por el chico, pero por el de la cara bonita. Eso hizo, que pasará un verano horrible, esperé un mensaje suyo, una llamada, algo que me hiciera saber que él seguía sabiendo de mi existencia. Pero no ocurrió. Otro batacazo que me di. Parecía que incluso me había acostumbrado a tropezarme con la misma piedra, una y otra vez, en medio del camino. Y además, no fue la última ves que ocurrió. Cuando empezó un nuevo curso, él chico de cara bonita no estaba allí, se había ido. Y yo estuve llorando unos cuantos... meses. Creo. Perdí la cuenta en algún momento. Y cuando me quise dar cuenta, miré al lado mía y allí estaba él (no el chico de la cara bonita, sino el otro, llamémosle "J". Que por cierto, no sé que tengo con las putas jotas, pero me estoy empezando a asustar, me persiguen). Pues eso, que allí estaba J, a mi lado, pasamos unos meses juntos en clase, riéndonos, compartiendo sonrisas, lágrimas y alegrías. Todo. Y poco a poco, se fue convirtiendo en alguien más especial para mi. Me di cuenta de que J, siempre estaba conmigo, y que podía contar con él para lo fuera, porque él siempre me apoyaría en lo que me propusiera por muy difícil que fuera de conseguir. Me dio esperanzas y ganas de levantarme cada mañana, para ver su sonrisa. Él era el primero en abrazarme cuando lloraba, o de hacerme sonreír cuando estaba de mala hostia, incluso estaba ahí en mis días oscuros, para hacerme ver que no todo era malo. Me acompañaba siempre a mi casa, cuando a él no le pillaba de camino para la suya. Nos lo contábamos todos, nos apoyábamos y nos dábamos consuelo en los peores días. Pero un día, todo eso me empezó a asustar, porque entre nosotros se había formado una conexión o unión, o llámalo como quieras, muy muy especial. Pero había un dato muy importante que parece que yo había estado queriendo olvidar: él tenía novia. Y lo mejor de todo, esa novia era una de mis amigas. Sentirme como una mierda, se me quedaba muy corto en aquellos días. Todo se puso más difícil y jodido, y yo solo podía sentirme culpable y la peor persona del universo, cuando estaba con él. No es que hiciéramos algo malo, pero mi interior me decía a gritos que lo quería hacer, por lo tanto, ¿eso se sigue contando como algo malo, no? J no era ese tipo chico que conoces y te entra por los ojos por su gran físico, no, él iba más allá. No era su físico, era su carácter, su actitud y su manera de tratarme lo que hizo que empezará a sentirme atraída por él. 
Un día, recibí unos mensajes anónimos por una red social, que decían cosas tipo: 'estoy enamorado de ti'. Cosas bonitas, y ñoñas, que a mi tanto me vuelven loca. Y era él. ¿Y qué cómo lo supe? Eso es lo de menos, pero yo sabía de sobra que era él. En ese instante, en vez de derretirme más por él. Me enfadé y mucho (sí, soy muy rara, pero eso es otro tema). Aquello que estábamos haciendo estaba muy muy muy mal. Era como estar cometiendo un crimen, donde yo era la principal sospechosa y encima ese crimen iba a dejar a varias víctimas por el camino. Y sabía, muy en el fondo, que yo sería una de esas víctimas. La asesina que se convierte en víctima, que irónico. Pero es que yo sé, que al final el karma te lo devuelve todo. Y con intereses. A partir del día de los mensajes anónimos, entendí que estaba cagándola (como siempre solía hacer con todo). Y supe, que tenía que cortar el hilo que me unía con J. ¿Era algo horrible para mi? Sí. Pero me tenía que joder. Sin embargo, no era solo eso, lo que hizo que quisiera cortar con aquello. Que va. También había otra cosa que era mucho más egoísta que lo que conté ya. Me sentía su juguete, su secretito. Y me dolía, y me hacía sentir como una estúpida, pero sin el "como". Quiero decir, él me estaba diciendo que me quería y que estaba perdidamente enamorada de mi, por anónimo... y eso me mataba. ¿No se atrevía a decirmelo a la cara? ¿O es que se estaba asegurando de que le dijera que yo también le quería, para tenerme asegurada y así, no arriesgarse a perder a la novia por alguien que realmente no le quería (es decir, yo)? Si eso era así como yo pensaba, creo que J era un jodido cobarde asqueroso. Y yo era una puta egoísta, porque estaba preocupándome por algo superficial y por mí misma. Pero es que, ¿si él no se arriesgaba por mi, por qué lo debía hacer yo? ¿Realmente valía la pena? 
Al final, le deje ver con mis palabras, que yo sabía perfectamente lo que él sentía por mi. Pero, yo cometí el error de no decirle que yo también lo sentía. Simplemente callé. Metí mis sentimientos y emociones, dentro de un caja fuerte en mi interior, porque sabía que si me daba por abrirla y soltar todo lo que realmente quería decir, todo saltaría por los aires, como pasa cuando tiras una bomba. ¿Qué ahora estaba siendo la cobarde yo? Pues sí. Y lo sabía de sobra. Pero, estaba cansada de ser el segundo plato de todos, de ser una simple muñeca con la que todos pueden jugar y cuando se cansan de mi, me tiran al estante más alto de la estantería, con otras muchas muñecas sucias y rotas. Así que, aquello acabó. 
No. No acabó nuestra amistad. Pero no era especial como lo era antes. Simplemente éramos unos amigos más. Del montón. Nunca quedamos más solos. Siempre nos acompañaba alguien, como su novia o alguna amiga mía.  Y bueno estareis pensando, ¿cuál es el problema ahora, entonces? Simple. Le echo de menos. Muchísimo. Y me está matando poco a poco. Aquí, justo en este instante, es cuando me doy cuenta de lo cierto que es eso de que como nos gusta lo que no podemos tener. Lo prohibido. Él. J.
Ahora soy ya la que está entre la espada y la pared. ¿Debería decírselo? ¿Debería decirle que me muero de ganas de estar a su lado? ¿O debería callarme y dejarlo estar? Y lo más importante, ¿es solo un capricho mío porque no le puedo tener o realmente estoy enamorada de él?

15 de junio de 2014

Drug.

Me apuntó con aquella pistola y no sabía que pensar. Este era el momento en el que tendría que ver mi vida pasar lentamente, momento a momento. Pero yo no veía nada. Solo gris. ¿Eso era lo que había supuesto mi vida para mi? ¿Un color absurdo, feo, y sin sentido? Eso del color gris, tiene que ser una ironía, una broma sin gracia, porque nunca me ha gustado las cosas a medias y mucho menos los colores. Yo soy de blanco o negro. De te quiero o te odio. O de me caes bien o me repateas las tripas. O de feliz o triste.
Le miró y me preguntó por qué me está haciendo esto. Seguramente sea porque me lo merezco. Es entonces cuando veo una foto en mi mente. Es una foto en la que salimos él y yo, sonriendo a la nada. Fue uno de esos días, de hace muchísimos años, donde parecía que todo iba bien. Donde parecía que podíamos tocar las nubes con las yemas de los dedos, donde no nos importaba nada ni nadie. Pasan unos segundos y aparece otra foto, en esta él me está cogiendo por la cintura, mientras me da un beso en la frente. Yo solo le estoy mirando a los ojos. Esos que ojos que me cautivaron la primera vez que me miraron, esos que ojos que me hicieron volverme completamente chiflada. En la siguiente, estamos en el sofá, él entre mis piernas mientras yo le despeinaba el pelo, porque aunque él decía que lo odiaba, yo sabía que en realidad le encantaba. Recuerdo ese día perfectamente, la noche anterior habíamos salido de fiesta por el cumpleaños de una amiga, donde yo me peleé con ella. Me cogí el bolso y la chaqueta, y me fui de allí a toda prisa. Era invierno y hacía un tiempo de perros. Salí a la calle, dispuesta a ir a mi casa mientras echaba algunas lágrimas. Él iba detrás mía, cuando me giré y él se acercó a mi, para secarme las lágrimas, fue cuando supe que estaba enamorada irremediablemente de él. Llegamos a mi casa entre besos y jadeos, él se quedó durmiendo en mi cama, a mi lado, sin hacer nada. Solo nos abrazábamos. Aún recuerdo la alegría que sentí al levantarme y verlo a mi lado, completamente dormido con cara de niño pequeño. Lo desperté a besos y me dijo que ojalá pudiera despertarse así todos los días de su vida. Nos pasamos el resto del día en el sofá, haciendo nada, pero siendo completamente felices.
Respiré un segundo y volví a contemplarle. Él seguía sujetando la pistola, sin vacilar ni un solo segundo. Volví a cerrar los ojos, para poder ver otra foto más. En esta, salíamos en nuestra nueva casa, en la cocina, llenos de harina y riéndonos. Después apareció otra foto, que era de nuestro primer viaje a Roma, donde salíamos completamente sonrientes y absortos mirando lo que nos rodeaba. Las siguientes fotos se tornaron más oscuras, y más difíciles de ver para mi. Pero, las reconocí en seguida, porque recordaba todos y cada uno de esos momentos perfectamente. En una, estábamos en la cama, dándonos la espalda después de una pelea. La otra era en una fiesta, donde él me sujetaba el brazo, y yo salía chillándole. En la siguiente, el salía mirándome, mientras yo estaba en frente suya, de brazos cruzados y con lágrimas en las mejillas. También vi otra, donde estábamos sentados en la cama, el intentaba darme un beso, y yo salía girándole la cara.
Mi mente revivía todos aquellos instantes como si hubiera sido ayer. Recuerdo los gritos desgarradores, las lágrimas que derramé, todos los vasos y platos que rompí, todas las veces en las que me tiré al suelo frío, las pastillas que me metí en la boca, las mañanas heladas sentada en la barandilla de un séptimo piso, las llamadas y los mensajes que no respondí, las heridas abiertas, la sangre y los litros de vodka y ron que tomé para intentar olvidar en la mierda en la que estaba mentida. Sin darme cuenta, de que yo misma estaba metiéndome más mierda aún.
Las fotos que vinieron un poco después, eran ya en blanco y negro, que juntos hacían la combinación de colores más triste que pueda haber. En una salía, él mientras me daba una bofetada en la mejilla. En otra yo estaba tirada en suelo echa una ovillo, con la ceja rota y el ojo derecho morado, él solo salía mirándome sin más, como si nada pasara. Aparecían más fotos de patadas y puñetazos, contra los que yo grité e intenté hacerle ver lo gilipollas que estaba siendo, sin saber que solo así me estaba ganando otra paliza.
Mi vida se tornó oscura, fría, sin sentido. Y los brazos que un día fueron mi casa, se fueron convirtiendo en mi peor pesadilla. Los labios que tantos besos me dieron, ahora solo escupían palabras vacías. Él prometió que espantaría a todos mis monstruos, y sin darme cuenta, de la noche a la mañana él se convirtió en uno de ellos. ¿Puede que siempre lo fuera y yo fuera tan tonta como para no darme cuenta?
Su pistola cada vez está más cerca de mi cabeza. Dispara. Ya me da igual. No puedo respirar. Tú no eres tú. Yo ya no seré nunca más yo.

2 de abril de 2014

Siempre.

Lo miré apoyado en nuestra pared de siempre. En nuestro sitio de siempre. A la hora de siempre. Con aquellos rayos de sol dándole en la cara, era precioso. Y sin ellos también. Sabían que el momento había llegado. Me acerqué. Iba vestida con una camiseta ancha negra, unos pantalones cortos vaqueros, con mi melena suelta y zapatillas negras. Me apoyé en la pared, a su lado y le miré detenidamente. Sus facciones eran demasiado hermosas, demasiada belleza en una sola persona, tanto por dentro como por fuera. ¿Qué iba a hacer cuando él no estuviera? Solo pensarlo, hacía que se me nublase la vista y temblara irremediablemente. Maldita sea, ¿por qué coño era la vida tan injusta? Él se giró y tras unos segundos, me dedicó una de sus sonrisas apagadas. Lo iba a añorar tanto, que no podría soportarlo. Lo sabía. Le miré otra vez, me fijé en que tenía el pelo revuelto, porque cuando se ponía nervioso se lo tocaba sin parar.
-Hola -dije en un suspiro. Cada vez se me hacía más y más difícil. Pero él no tardó ni medio segundo, en girarse y abrazarme. Aquella era mi casa, y yo debería estar allí con él. Se separó un poco de mi y me sostuvo la cabeza con las dos manos. Apoyó su frente junto a la mía y ambos respiramos el mismo aire.- No por favor, no lo hagas. -supliqué.
-Ojalá no tuviera que hacerlo, pero es necesario. María, tú sabes todo lo que significas para mí, has tocado mi alma y mi corazón. Te hiciste un hueco en mi vida y con eso, cambiaste todo. Conozco tu cuerpo como la palma de mi mano, he pasado noches enteras mirándote dormir, hemos compartido sueños, metas, alegrías y muchas lágrimas -estaba a punto de romper a llorar, aquello me podía. Quería gritar que no me dejará, que le necesitaba, que él lo era todo para mi. Pero en el fondo, sabía que eso solo sería egoísta por mi parte, por muy caprichosa que fuera. Interrumpiéndolo, me acerqué un poco más a él y le besé, solo nos separábamos para coger aire y yo ni siquiera lo necesitaba, él era todo mi oxígeno.- Sabes... te reconocería por muchos años que pasasen, tus besos, tu olor...te conozco tan tan bien, más que a mi mismo. Hemos hecho el amor tantas veces como nos hemos peleado, te he chillado y tú también lo has hecho, hemos querido matarnos, tirarlo todo por la borda por aquellas dudas que teníamos, pero te juro que cuando te veía sonreír todo lo demás se quedaba atrás, tu risa lo superaba todo. Y te quiero tanto, que no puedo vivir sin ti. Me sé y amo todas y cada una de tus manías, de tus vicios, de tus miedos, de tus sueños, de aquello por lo que luchas cada día. Y sé que tú también conoces todo eso de mi y eso me hace sentir tremendamente feliz. - a partir de ese momento, no pude controlar más mis lágrimas, sollocé y pataleé. Le quería tanto que me estaba consumiendo, junto a él.-
-¡Te quiero! -grité mientras le daba besos por todas partes, por la cara, el cuello, los hombros, el pecho.- No te vayas solo, no me puedes dejar aquí, no sé que haré sin ti. Me voy contigo, ¿me escuchas?, me voy contigo. ¡A la mierda mis padres! ¡A la mierda todo! Todo saldrá bien si estamos juntos. No te voy a dejar solo, no puedo. Por favor, déjame ir contigo. -caí al suelo, sin ni siquiera darme cuenta. Él se agachó conmigo y me acunó, como siempre hacía cuando me ponía histérica.-
-Sabes que donde voy, tú no puedes venir. Te quiero aquí, ¿sabes? Quiero que allá donde vaya, pueda verte con una sonrisa, siempre. Quiero que te pongas tu vestido favorito y salgas por ahí con tus amigas a pasártelo bien. Quiero que conozcas al hombre de tu vida, aquel que no te haga sufrir, que siempre te haga reír, que te haga cosquillas nada más levantarte, que te grite que eres preciosa tal y como eres cuando empieces a mirar y fruncir el ceño cuando te miras al espejo. -cerré los ojos, todo aquello era demasiado doloroso, demasiado irreal. Tenia que ser solo una puta pesadilla.-
-¿Me estás diciendo que me vaya con otro? ¿Sin más? -no me lo podía creer.- ¡¿Qué coño te pasa?! ¿Te piensas que te voy a olvidar así como quién chasquea los dedos? ¡No! ¡Tú eres todo lo que tengo! -lo miré, su piel, que un día había sido tostada, ahora estaba completamente pálida. Sus ojos que un día brillaron como el cielo, hoy solo eran un pozo oscuro. Su sonrisa que hacía que sonriera yo también, no existía. Le costaba respirar,  incluso mientras la sujetaba, ella notaba como los brazos le temblaban levemente. Algo que a lo mejor nadie notaría, porque lo ocultaba muy bien, pero ella lo conocía a la perfección.
-Entiéndelo, no quiero que me veas en mi estado, te quiero demasiado para hacerte eso.
-Me deberías dar a elegir a mi. ¡No soy ninguna cría! -intentaba mostrarle lo dura que era, y que podría aguantar todo lo que le echaran encima, y que no quería separarme de su lado, por muy difícil que fuera  a ser. Nada se podría comparar con el dolor que estaba sintiendo ahora mismo al saber que era la última vez que lo vería, que él no me iba a dejar estar a su lado. -¡Me necesitas!
-Claro, que lo hago, pequeña. Pero ya he sido demasiado egoísta contigo, es hora de despedirnos. -cuando él me miró suplicando con la mirada que parase y le dejase ir, lo entendí todo. Para él, estaba siendo mucho peor que para mi y sin embargo, aquí estaba yo, llorando. Haciendo que su último recuerdo de mi, fuera una pataleta de niña de tres años. Me levanté y le di la mano para ayudarlo a levantarse. Estaba demasiado débil. Cuando se estaba levantando, se tambaleó. Aquella enfermedad se lo estaba llevando. Aquel chico que tanto quería, se estaba muriendo. Aquel chico que tan fuerte y duro fue en su día, hoy no podía ni mantenerse en pie. Aquel chico que me enamoró con sus bromas y sus palabras, se estaba quedando sin aliento suficiente. Le estaban quitando la vida poco a poco, suspiro a suspiro. Así que, me acerqué un poco a él y nos abrazamos, le agarré con fuerza para que supiera que yo nunca le dejaría ir. Que miraría las estrellas todas las noches y sabría que aquella que brillase más, sería él. Que llamaría todos los días a su móvil para escuchar su voz en el contestador. Que todas las mañanas nada más despertarme, pensaría en él. Que cuando caminará por aquel paseo de la playa, me acordaría de su forma de andar, y de todo lo que vivimos allí. Que cuando recorriera nuestra casa, reviviría todos aquellos momentos juntos. Que nunca podría olvidar su olor, su cara, su cuerpo, sus abrazos, sus besos, sus te quiero, su sonrisa, su risa, su forma de caminar, su forma de ser, siempre tan protector, tan cariñoso, tan bromista y alegre. Tan bueno. Tan él.
Le di un beso en la frente, como siempre él hizo conmigo.
-Te quiero. Siempre estarás aquí, conmigo -dije en un pequeño susurro, señalando mi corazón.-

Pero él nunca murió, porque yo jamás le olvidé.

12 de marzo de 2014

Integrales.

Estar sentada, en clase de matemáticas, intentando entender aquellas putas integrales y preguntando constantemente, ¿y esto para qué coño me servirá a mi? Para nada. Como todo, cultura general la llaman. Supongo que habrá que aprenderlo, aunque una semana después del examen ya me haya olvidado de todo. Así es la gente. Olvida. Y muy rápido. Puede que ese sea mi error, que yo por mucho tiempo que pase, no olvido. Y me digo, coño, pues ya se me podrían olvidar los problemas y todas las personas que me hicieron daño, y no las putas integrales. Pobres integrales, ya las he llamado putas dos veces (y las que faltan). 
Estoy allí sentada, como una más. Hoy me he levantando con el pie izquierdo y todo me parece una mierda. No hago bromas, ni me río, ni hablo con mis compañeros de clase, ni siquiera el profesor me dice que me calle. Estoy mirando a la pizarra, cualquiera diría que estoy atendiendo, pero en realidad solo estoy autodestruyéndome. Como hago siempre. En mi cabeza suena mi canción favorita. Y además de mi canción favorita, es la canción más triste de todo el repertorio. Siempre hay canciones para todos los momentos del mundo. La música nos salva y nos da una razón para seguir. Esta vez no. Ahora esa canción, solo hace que me entren más ganas de clavarme el lápiz en el corazón. Estúpida canción. Y sin embargo, no puedo dejar de escucharla, es parte de mi. Miro a mis compañeros, parece que ni siquiera se han percatado de que algo me pasa. Me miran y me sonríen, como siempre. Es mejor hacer como si nada pasará, porque es mucho más fácil. Los comprendo, si yo fuera ellos, tampoco me preguntarían si estoy bien, o si necesito ayuda. Aunque está claro que mi cara ahora mismo lo dice todo, porque el profesor de matemáticas me dice, 'Estás muy callada María.' Solo asiento con la cabeza, y en mi cabeza y solo en mi cabeza, suelto una frase irónica. Creo que hoy he decidido hacer voto de silencio, porque cuando estoy así, prefiero no decir nada porque sé que después me voy a arrepentir. La pizarra sigue acumulándose de cosas y ahí sigo yo. Sé que voy a explotar, me conozco. Y sé que tengo que huir, antes de que eso ocurra delante de todos. 'Profesor, ¿puedo ir al baño?' Es lo único que quiero decir hoy y lo digo porque es necesario. No me ha escuchado, esta demasiado entusiasmado con las putas integrales. Lo repito más alto y ahora todo el mundo me ha escuchado, incluso escucho alguna risilla de algún gilipollas del fondo. Para ellos la vida es fácil, mientras que para mi todos los días son un maldito infierno. Ni siquiera una contestación del profe, porque salgo dando grandes zancadas de la clase, menos mal que estaba en primera fila y he salido rápido. El pasillo hasta el baño es más fugaz aún porque corro como nunca. Me niego a que alguien me vea así. Entro en el primer baño y echo el pestillo. Ahí ocurre lo inevitable, me tiró en el suelo y rompo a llorar. Sollozo, tiemblo y no puedo respirar. Y nadie viene a por mi. Nadie viene a preguntar qué me ha pasado, si estoy bien. Nadie. Y eso se me clava muy, muy, muy dentro. No sé cuanto tiempo estoy allí dentro, pero cuando salgo y vuelvo a entrar a clase, intento entrar con una sonrisa, mi compañero me pregunta '¿estás bien?', y no sé si es por compromiso o porque realmente le importa, así que simplemente asiento con la cabeza. Creo que es lo que mejor se me da. '¿Qué te pasa María'?, me pregunta mi profesor. 'Nada, estoy bien'. Lo digo porque es lo que todos quieren escuchar, ¿a quién le gustaría escuchar 'me pasa todo, estoy como una mierda'? A nadie, obviamente. Los ojos se me cristalizan, y el mismo compañero de antes, me abraza por la espalda, intentando consolarme o no sé el qué exactamente, pero no lo consigue. Me muevo bruscamente para que no me toque, no quiero que nadie lo haga, no estoy acostumbrada a ello. Entonces, escucho a alguien decir, 'déjala, anda'. Y se van, porque ha tocado el timbre y es la hora del descanso. Pero yo no me muevo de mi silla, ya que mis piernas no responden. Solo me quedó allí, y cuando me quiero dar cuenta por mis mejillas se deslizan lágrimas. Nada más levantarme, supe que hoy no sería un buen día, pero no pensé que sería tan terrorífico, vaya. Podría contar todo lo que me ocurre, en todo lo que pienso, pero estoy totalmente bloqueada, así que lo resumo en: 'no aguanto más, no me aguanto más'. 

5 de febrero de 2014

Perfección.

Sé que pareceré caprichosa y una mimada cuando diga esto, pero quiero ser perfecta. La frase que recorre mi mente día sí y día también, pero que nunca sale de mi boca, supongo que por el famoso 'qué dirán'. Por eso quiero ser perfecta, justo por eso, perfecta en el sentido de que confíe tanto en mi que no tenga miedo de lo que puedan llegar a pensar de mí. Es ilógico, porque ya hace un tiempo que dejaron de afectarme los susurros y las risas. Mi problema es que me dejó de afectar, porque yo ya estaba hecha de todas aquellas palabras, que me hirieron, que me hicieron morirme en mi cama, cada puta noche, para el día siguiente tener que levantarme sonriendo para que nadie se diera cuenta. Lo que pasa es que nunca nadie se fijó en mi. Nadie se dio cuenta de lo que me pasaba en realidad, ni siquiera sé para que fingí... total, si no hubiera fingido y hubiera ido a clase toda embadurnada de lágrimas y sin una sonrisa cosida en la boca, tampoco nadie me hubiera preguntando si estaba bien. Creo que siempre he sido invisible. Y sí, sé que es un poder que quieren la mayoría de los niños, pero yo ya no soy ninguna niña a la que se le pueda engañar con superpoderes. Pero qué queréis que os diga, tal vez ese es mi destino, que nadie se de cuenta de que existo, de estar sola, enjaulada en mí misma.
Quiero ser perfecta.
Vale, no es lo mismo decirlo, pero escribirlo ya alivia algo, cosa que necesitaba. No quiero ser yo. No quiero ser en lo que me he convertido, en un cúmulo de inseguridades, de complejos, de decepciones, de resentimientos, de dolor, de terror, de pánico... Quiero ser como aquella chica que veo todas las mañanas, sonriendo porque realmente le apetece, preciosa, sin ojeras, graciosa, a la que todo el mundo parece ver, la que le queda bien absolutamente todo lo que se ponga, la que cae bien, la que tiene mil amigas con las que poder hablar y desahogarse, la que no es rara, la que no está sola jamás, la que no llora por nada ni por nadie, la que no escucha burlas hacia ella en los pasillos, la que si hablaran mal de ella le daría igual. Perfecta. Sé que pueda sonar mal, pero no me digáis que vosotros jamás habéis deseado ser así, perfectos, sin defectos, felices sin más siendo tal y como sois, ¡venga, no me jodáis! Todo el mundo lo ha deseado alguna vez y si eso me hace ser una persona horrible, pues lo soy. Quiero serlo, porque si yo me veo perfecta, todos las demás personas lo verán también.
He pasado tantas horas pensando en una vida que valga la pena vivir, que incluso ya perdí la cuenta. Y si me dieran la opción de tirarme por la venta, morir y vivir en otro cuerpo, lo haría sin dudarlo ni un solo segundo. Porque estoy cansada de tener que pedir perdón a todo el mundo por no ser perfecta. Al principio intenté llevarlo bien, pensado que nadie era perfecto, que yo era así y que alguien en el mundo lograría apreciarme. Pero nadie lo hizo. Nadie me dio una muestra de cariño, algo que me hiciera ver que no me hacía falta cambiar. Ni siquiera él. No estuvo en el momento en el que más le necesitaba y eso me rompió y hizo que deseara no ser nunca más yo. No te pedí muchas cosas, es más, creo que nunca te pedí nada más que me dijeras que me querías. ¿Por qué? Porque con esas dos palabras todo cambiaría, incluso mi manera de ver las cosas. Ella tampoco se dio cuenta. Ella nunca entendió que como mi mejor amiga que era, necesitaba que me dijera que yo no necesitaba cambiar nada de mi, que era perfecta tal y como era, ¿por qué eso es lo que se supone que hacen las mejores amigas? Te dicen las verdades a la cara, pero aún así, te siguen queriendo por lo que eres. Sin embargo, ella solo hizo aumentar mis ganas de ser lo que no era realmente.
No sabía que era lo que era exactamente la perfección, pero ansié tanto llegar a ella, que hasta me ha vuelto loca.


31 de enero de 2014

Help.

Siento ese miedo que te oprime el pecho y no te deja seguir. Simplemente te paraliza, te hace inútil, fría, de piedra. Me lo dicen mucho, todos los días, a todas horas. No hace falta que me lo digáis, yo ya sé la clase de persona que soy... o mejor dicho, en lo que me he convertido. No pedí ser así. Ocurrió sin más. Me hicieron tanto daño que ya no puede pensar con claridad, ya no puedo elegir conscientemente. Ahora mi cerebro se programa para cuando note el miedo, se bloquee. Ni siquiera el corazón me puede ayudar en estos momentos. Y quién dice que el amor lo supera todo miente. ¿Amor? Já. Supongo que estamos hablando de lo mismo, ¿no? De esa sensación nauseabunda, que te marea, que te hace sentir débil en todo momento, que te hace no poder pensar en lo que realmente quieres, que te limita, que hace que veas todo del puto color rosa, que se te agarra en el pecho y va destrozandotelo poco a poco. A lo mejor es que no hablando de lo mismo, porque tú crees que eso del amor es la sensación más estupenda del mundo. No te lo reprocho, es más, lo entiendo. Porque a mi me pasó algo parecido cuando todos mis pensamientos estaban ocupados por él, pensaba que nada más maravilloso me podía pasar, hasta que todo hizo pum. Me di el batacazo contra el suelo. ¿Lo peor de la subida son las caídas, no? Por eso yo odio las montañas rusas, ¿en serio hay que gente que podría vivir en una de ellas? Ah sí, yo. Subiendo, bajando, rozando el suelo, esas curvas que te tambalean, esa subidas donde estiras los brazos y pareces que estás rozando con la punta de los dedos el cielo, hasta que la montaña rusa baja, baja, baja, baja y acabas en el subsuelo. Tan pronto como creí que todo iba bien, el mal poseyó mi vida. Desde entonces, no puedo vivir. Solo sobrevivo como puedo. Me odio a mi misma, y en eso se centra toda mi vida. En el dolor que siento. En el odio. En el rencor, la decepción, el resentimiento...
¿Qué hay peor que tener que vivir conmigo misma? No puedo mirarme al espejo, ya ni siquiera puedo andar por la calle y sonreír a todo el mundo como hacía antes. Ahora solo puedo agachar la cabeza, mirar el suelo e intentar no tropezarme y hacer más el ridículo. Me entra ansiedad cada vez que alguien me observa detenidamente. En mi mente solo existen pensamientos a cerca de la horrible persona que soy por dentro y por fuera. La belleza duele, ¿sabéis? y más a las que no la tenemos. Y eso es porque ahora todo se centra en eso, en la belleza, en un físico... ¿qué se supone que dice el físico de ti? Por supuesto, todo. Tu físico marca quién eres y lo de dentro solo es complementario.
Esto es lo que aprendí 'estando contigo', y lo que he confirmado con todo el puto universo. Gracias por la lección, habéis convertido mi vida en una pesadilla. El miedo me limita. Me absorbe. El odio hacia mi misma me consume y solo me puedo centrar en eso, y en el hecho de que esté todo el día mirando el suelo para que nadie se de cuenta de que existo y puedo ver lo que fea que soy.
Esa es mi vida. Solo eso. Voy alejando a las personas de mi lado, porque no soporto que me digan que no soy fea. Ya no puedo aguantar ni una sola mentira más. Aparto a la gente de mi lado, porque sino soy capaz de quererme a mí misma, ¿cómo voy a poder querer a alguien? Hasta que al final termino completamente sola. Y cuando más necesito que alguien me diga que está a mi lado, hasta en las malas, hasta cuando lo tire de mi lado... no hay absolutamente nadie. Y eso hace que pierda más la esperanza de conseguir algo, lo mínimo, que me haga querer seguir en esta pesadilla o en eso que todos llaman vida.
Estoy suplicando ayuda, pero no queda nadie. Todo el mundo tiene miedo de mi. Les entiendo. Yo también me asusto.

28 de enero de 2014

El amor nos destrozará otra vez.

Por las noches cuando me despierto gritando, sudando y asustada, me vienes a la mente. Es como un acto reflejo. No quiero, pero lo hago. Será la costumbre... o tal vez, sea el miedo. Creo que terminé asociando la palabra miedo contigo. Tal vez tú pusiste todas aquellas ideas descabelladas en mi cabeza, o a lo mejor, simplemente fui yo. Mi psicólogo siempre repite la gran imaginación que tengo, y yo no se lo niego. Quién sabe, a lo mejor todo lo que creí haber vivido, todas las palabras que creí haber escuchado salir de tu boca, solo fueran sueños. Lo que si sé es que ahora nada es sueño, todo son constantes pesadillas, que nunca acaban y si lo hacen, es para volver a repetir una y otra y otra y otra vez.
Alguien me dijo una vez que cambiará de camino para ir al instituto, porque al final la rutina te acaban convirtiendo en una idiota. Yo ya era idiota de nacimiento, pero supongo que no quería serlo más, así que lo hice. Ese fue uno de mis grandes errores, allí te encontré. Fuera de la rutina. Pero poco a poco, todas las mañanas seguía ese nuevo camino para verte de nuevo, y esa se convirtió en mi nueva rutina. En camino favorito. Cuando llegaba del instituto, solo quería que llegará el día siguiente para poder verte. El alguien que me dijo lo de la rutina tenía razón, al final terminó por volverme majareta. Mis ambiciones y sueños terminaron por los suelos. ¿Fue el día que te vi con ella besándote en 'nuestro' camino, mientras me miras? Creo que sí. A partir de ahí, todo fue derrumbándose lentamente. No solté ni una lágrima en ese instante. Pero algo se apoderó de mi, resentimiento, decepción, miedo... incluso sentí terror. Pero aún así, aparté la mirada y seguí hacia delante. No por mucho tiempo, al llegar a la esquina, yo también caí, ya sabía yo que esa grieta no iba a tardar mucho en destrozarme.
Al día siguiente, nuestros caminos cambiaron, tomamos carreteras diferentes. Y todo cambió. Pasaron días, semanas y meses, hasta que me encontraste o eso quiero creer. Sentí otra vez ese escalofrío por el cuerpo cuando estuviste tan cerca que pude sentir tu respiración entre cortada, como la mía. Me abrazaste y quise que ese momento fuera eterno. Pero como siempre pasa, lo que queremos no siempre puede ser, porque la vida solo está creada para jodernos, o para joderme. Tú y yo. Eramos eternos, infinitos. Pero el infinito se rompió. Mi cama lloraba todas las noches, porque se sentía fría sin ti. Me pregunté todos los días si fue culpa mía, hasta le gritaba a todo el mundo que no estaba a la altura.
Mientras paseaba un día por la calle, te vi. Otra vez. El destino, lo llamaban. Yo lo llamo una gran putada. Estabas abrazado a ella, y con ella no me refiero a cualquier 'ella', me refiero justo a ella. Esa que se hacía llamar, mi amiga. Mi psicólogo dice que no debo decir que no creo en la amistad, solo porque alguien me haya hecho daño, aquí si que le llevo la contraria. He de decir que ni mi psicólogo me entiende, aunque ¿cómo explicar algo qué te ha destrozado? No hay palabras. Ni sientes ni padeces.
Aunque conmigo esa frase tampoco funcionó... creo que soy una especie de edición limitada. Aún siento ese sabor amargo en la boca, aún tengo atascada a la decepción y la desesperación.
Una vez me dijiste que cuando sintiera miedo corriera, que corriera para que el miedo no me alcanzará. Creo que fue el mejor consejo que me diste estando juntos. Todas las demás palabras se las llevo el viento. Te hice caso y corrí muy lejos de esa calle donde estabas con ella, huí de ti, mientras me perseguías gritando a pleno pulmón que lo sentías y que no era lo que yo creía porque tú eras mi mayor miedo. Ese miedo que hacía que me temblaran las piernas. Y dime ahora, ¿qué era aquello que pensabas que creía? Creo que lo que creí no fue ni la mitad de malo, de lo que en realidad era. Siempre he sido muy inocente e ilusa. Ya lo leí y escuché muchas veces, el amor te consume, te destruye. Y te conviertes en una víctima más.

Y ahora... ahí estás. No recorrí ningún camino cerca de donde te conocí. Me alejé. Hasta ahora. Que la rutina empieza a presionar de nuevo. Y siento que me ahogo. Por eso he vuelto a coger el camino donde te vi por primera vez, porque nunca pensé que estarías allí... o al menos eso quería creer. Supongo que en el fondo sabía que seguirías allí... Y cuando te veo y corro hacia a ti, no puedo evitar pensar que el amor nos destrozará otra vez.


11 de enero de 2014

Jodido hijo de puta.

Entre mis pensamientos de este sábado, entre sábanas, recuerdo aquello que dijiste, ¡Otro sábado! ¿Qué coño pasará con los sábados de mierda? 'Encontrarás algo que te haga feliz.'
Jodido hijo de puta.
No se dignó a decir la palabra 'alguien' porque sabía de sobra que no encontraría jamás a ese alguien que soportará cada una de mis partes. Sí, partes. Porque yo no estoy entera, hace mucho tiempo que me deshicé en pequeñas parte. ¿Por tu culpa? No creo, yo ya venía defectuosa de nacimiento. Ya me lo decían todos en el colegio, ¡Qué rara eres! A todos ellos les mandó un saludo desde aquí, gracias, que razón teníais.
Jodido hijo de puta.
Se fue. Y me dijo aquella frase que se quedaron grabadas a fuego en mi piel, en mi alma, en mis pulmones, en mi mente, en cada parte de mi cuerpo e incluso en las que no conocía. Pero él sí. Tal vez fue ese el problema. ¿Te dejé adentrarte demasiado? Por supuesto que sí. Qué tonta y rara fui. Pero supongo que el alcohol me nublaba la mente y después las resacas, y después aquellos brazos, que me apretaban contra él.
Jodido hijo de puta.
Se fue. Y me dijo aquello. ¡SÍ! ¿Me lo dijo para qué me enfadará y no llorará delante de él? Supongo que sí. Creo que realmente nunca me vio llorar, los dos evitamos aquel momento. Yo porque sería débil ante él y él porque...  no sé. A lo mejor simplemente yo le asustaba. ¿Sería por mis medias rotas? ¿Sería por aquella mañana que le tiré la taza de café? ¿Será por aquellas veces en las que mis gemidos quedaron callados en su boca? ¿Sería por aquellas veces en las que le miraba e intentaba no pensar en nada más?
Jodido hijo de puta.
Se fue. Hoy me he levantando pronto. Increíble. He visto el amanecer. ¿Ha sido tan impresionante como me dijeron que era? No me he dado cuenta. Estaba tomando un café solo, en un bar porque fue inevitable acordarme de él. Ese maldito café me dejo indefensa. Lo hizo porque una vez, mejor dicho dos veces, me dijo que el olor a café le recordaba a mi. Nunca averigüé el por qué de aquello.  Pero me lo dijo como si ese fuera su secreto más preciado y mejor guardado. Y sí, me lo dijo un sábado. Al amanecer.
Jodido hijo de puta.
Desde que te fuiste, he estado buscando ese algo que me hiciera feliz. Ha pasado mucho tiempo desde ese sábado.Y por culpa de ello, he cometido muchos errores y han habido muchos hombres en mi cama. Muchos morenos, altos, con ojos color miel. Ninguno me ha hecho sentir eso que dices. Felicidad. Creo que me mentiste. No sé lo que significada esa palabra y donde encontrarla. Sin embargo, desde ese último sábado he estado buscando eso, 'la felicidad', porque tú me lo dijiste.
Jodido hijo de puta.
Esa mañana de sábado, me levanté entre sábanas blancas. Fui al baño, me lavé la cara y me recogí el pelo. Iba en bragas y con ojeras más que con ojos. Pero mi aspecto ya no me importaba. Incluso ya no me pesé como hacía antes todas las malditas mañanas. Miré por encima y ni siquiera encontré la báscula blanca, pero tampoco me importó. Fui a la cocina y preparé café solo. Salí a la terraza y pegué un sorbo a mi café. Hacía un poco de frío aquel sábado, pero exacto, no me importaba lo más mínimo. Lo noté al instante. Suspiré mientras su mano recorría mi espalda. Se acercó más y más, hasta que apoyó su pecho en mi espalda y sentí su corazón bombear sangre, una y otra y otra y otra vez. Me puso su cara en mi cuello y me giró. Quedamos cara a cara. Suspiré e intenté volver a coger aire. Pero se me olvidó. Pero no me importaba, no necesitaba hacer aquello tan insignificante en ese momento. Lo miré fijamente en busca de algo que decir, en busca de algo en lo que pensar sin sentirme así de confundida. No había nada más que él. Él delante mía. No había querido mirarle dormir porque sabía que eso sería un grave error. Un error que no se podría arreglar. Y no me gustaba esos tipos de errores sin solución. Suficientes cosas rotas había ya por esta casa.
Esperaba que se abalanzará contra mía y me follara en el frío suelo de la terraza. Pero no sucedió. Me abrazó, nunca antes nos habíamos abrazado. Al menos no así. Sentí algo interior. Algo parecido a náuseas. Incluso me mareé tanto que pensé que me comería el suelo. Me agarré con más fuerza a su espalda por instinto. Creo que le arañe por el gemido que soltó. Se separó un poco de mi y me dio un beso en la frente. Aquel maldito sitio prohibido para mi. Y él lo sabía, sin embargo, lo hizo. Y sí, también ocurrió. 'María, no puedo seguir con esto. Encontrarás algo que te haga feliz'. Lo dijo.
Jodido hijo de puta...
Sí. Se fue. Ahí me dejo. Sola. ¿Qué no podía seguir con qué exactamente? ¿Con acostarnos todas las noches, todas las mañanas y todas las tardes? ¿O no podía seguir con alguien como yo? Que cada vez algo no iba bien, rompía lo primero que pillaba. O que cada vez, que alguien no hacía lo que quería, se enrabietaba como una niña pequeña caprichosa. Ahogaba mis problemas en vodka. Y en mis resacas, le llamaba por teléfono y no decía nada. Solo le escuchaba hablar y echarme la bronca por beber tanto, después cuando me cansaba de ello, chillaba y chillaba hasta quedarme sin afónica. Iba con tacones de diez centímetros, con medias rotas que yo misma rajaba y con el rímel corrido que tapaba con unas enormes gafas de sol. Creo que se cansó de eso. Se cansó de tener que venir a mi casa, cada vez que no contestaba sus llamadas. Se cansó de que le despertará en medio de la noche. Se cansó de que cuando me intentaba coger la mano por la calle, yo la apartará rápidamente. Se cansó de los juegos a los que yo inventé. Se cansó de intentar curarme los días malos con café solo que yo solo tiraba a la pared de mi habitación, viendo como la taza se hacía añicos contra el suelo. Se cansó y no me enfado porque lo hiciera. Yo también me cansé de mi. ¿Sería 'la felicidad' aquello que sentí cuando me abrazó? Espero que no, porque me sentí demasiado débil, como si fuera pudiera quedarme entre aquellos brazos toda mi vida. Y yo no era de las que se quedaban en un sitio mucho tiempo. Y menos toda la vida.
Jodido hijo de puta... ¿qué me hiciste?