26 de septiembre de 2013

Romper.

¿No tenéis ganas de romper con todo? Me duele tanto la cabeza que siento que ahora mismo todo a mi alrededor va a explotar. ¿Por qué? ¿Por qué yo y no tú? Siempre mal, siempre jodida, siempre rota. El problema es que tú eres todo lo que hay en mi cabeza y pienso tantísimo en cada uno de tus movimientos que juro que siento que mi cabeza no aguanta más. Me entrar unas terribles ganas de llorar. Ganas de romper a llorar.  ¿Por qué has vuelto? ¿Será por qué dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen? Creo que sí, has vuelto a mi, me has vuelto a mirar, a sonreír, a hablar, a hacer que todo en mi dé un vuelco, mi corazón ha vuelto a acelerarse como antes hacía, mi sonrisa cuando estás cerca es imborrable y mi temblor de piernas cuando te aproximas es algo inevitable. ¿No te das cuenta? Has hecho que sentimientos que tenía guardados bajo llave, salgan otra vez a la luz. Mis sentimientos hacia ti, los que más me atormentan y asustan, y a la vez me encantan. No me preguntes por qué tú. Ni siquiera por qué el primer día que te vi, sabía que me ibas a traer problemas. No me lo preguntes, porque no lo sé. Esas preguntas no tienen respuesta ni explicación. Surgen de la nada. Son sentimientos que afloran sin más. No se elige, surge. Y te guste o no, lo tienes que aceptar. Podrías decir que no, claro, pero no es algo de lo que todo el mundo (yo) sea capaz. No es tan fácil eso de dejar ir a quien quieres. ¿Si lo quieres por qué dejarle marchar? Si le quieres, creo que es mejor luchar. Luchar por lo que quieres, luchar por esa persona y por el amor. Es de cobardes, dejarlo marchar para evitar sufrir. Por eso, tú nunca te vas del todo del mi. Solo te alejas, pero en mi, sigues ahí, donde siempre. En tu sitio favorito. Por eso, ahora mismo, tengo ganas de romperme. Tú rompiste mis esquemas cuando apareciste. Y ahora quiero romper con todo.
¿Y a qué no sabes qué? Cada noche, incluso al abrir los ojos por la mañana, recuerdo una pregunta que me hizo alguien hace un tiempo:
-¿Por qué te enamoraste de él?
-Podría decir mil cosas que amo de él, los tres mil encantos que tiene, más los miles de fallos y defectos que tiene, pero adoro todos y cada uno de ellos. Me enamoré, porque cuando lo vi, vestía con una camiseta de mi color favorito, lo vi por detrás, no muy alto tampoco bajo, moreno y con zapatillas... pero cuando se dio la vuelta, yo tuve que agarrarme a mi silla, sus ojos café... era... era algo que nunca antes había visto y fue algo que sentí dentro de mi, que supe que él iba a ser especial. Me perdí entre su mirada, su boca, su pelo, su cuerpo, su risa... muchas, muchas horas. Nunca antes me había pasado eso, es una sensación que si no sientes o has sentido es imposible de explicar. Lo acababa de ver y sentía que tenía que conocerle. Pero no conocerle de unas cuantas citas y adiós, no. Si no de conocerle durante toda mi vida, hasta conocer cada centímetro de su ser. Pasaron los días y ya supe que no podría dejarle marchar jamás. Fue cuando su mano me tocó y todo mi cuerpo se tambaleó de cabeza a pies, cuando estaba a milímetros y podía escuchar el latir de su corazón, y cuando me habla mirándome directamente a los ojos y acto seguido, sus brazos me cubrieron mientras ponía mi cabeza en su pecho, sintiéndome en casa, a salvo, cuando supe que ya estaba loca e irremediablemente enamorada de él.

Y ahora que estoy aquí, rompiéndome en mil pedazos, es cuando me pregunto: ¿y tú, por qué te enamoraste de mi? 

13 de septiembre de 2013

Carta nº1.

Querido X:
¿Cómo te va después de este tiempo? Te sigo echando de menos, a veces incluso me siento en mi cama y me pongo mis auriculares para poder escucharte un poco más cerca de mi, y lloro. Como casi siempre. Juro que desde aquí aún puedo escuchar tus palabras y promesas, a veces puedo percibir tu olor por la calle, pero te busco y tú nunca estás. He estado intentando no pensar más en ti, desde que me dejaste caer, pensé que nunca te perdonaría. Ahora sé que no es así, que te perdonaría las veces que hiciera falta solo porque el tiempo diese marcha atrás y pudiese arreglar cada grieta que creaste. Estos últimos días, he seguido curando la herida que me hice al caer, y he de decir que parece peor que antes, nunca se termina de cerrar y yo solo sé echarle alcohol, porque ese dolor ya es lo único que me queda de ti. ¿Sabes? Creo que he sido una ilusa al pensar que era 'estar enamorada', ¿tiene algo que ver con esta sensación de angustia que siento dentro de mi a todas horas? Porque si es eso, no me gusta nada. Pensé que estar enamorada era siempre sentir mariposas, ver corazones y flores por todos lados. Nunca llegué a sentir eso contigo. Solo sentó una gran adrenalina junto a una felicidad espontánea, que poco a poco, se fue con mi llanto... ¿Te he dicho alguna vez que nunca me gustaron las montañas rusas? Es verdad, odio sentir que subo y bajo y no poder controlarlo. Y ahora entiendo que eso es lo que sentí y sigo sintiendo contigo o simplemente pensando en todo lo que vivimos. No me gusta esa sensación de en un minuto estés tocando el puto cielo y al otro te choques contra el suelo. Rascasuelos. Creo que así me podrían llamar a partir de ahora. Me quedé ahí cuando te fuiste, porque no quería tener que levantarme y seguir como si nada hubiese pasado. Pienso que es tan triste las personas que olvidan como si nada. ¿Olvidar? Eso nunca lo lograrás, si quisiste a esa persona más que a tu vida. Intentó recordar porque coño no te despediste de mi... eso es lo que más me dolió, te fuiste pero sin decirme ni una palabra, tan solo desapareciste, creyendo que yo estaría bien. Pues ¿sabes? ¡eres un jodido iluso! Y me hiciste trizas. Me destrozaste. Eso fue lo que conseguiste, pedazos inservibles de mi. Sí, intento tirar mi ira y mi furia lejos de mi, es decir, a ti, porque eres el único que podría estar a años luz de mi. Pero no sirve de nada. Porque aunque me joda decirlo, te quiero. Te quiero a ti, que ahora sé que un día me quisiste también, a pesar de toda la mierda que tirabas sobre mi, pero eres incapaz de darme algo. Y lo entiendo, no te voy a culpar por ello. Yo te di mi corazón y mira como acabé... a nadie le gustaría acabar como yo, supongo. ¿Sabes...X...? Me dolió que no te despidieses, pero quiero pensar que no lo hiciste, porque una vez te dije que no había nada que odiará más que un 'adiós', y es verdad, las despedidas no son lo mío. Y un 'adiós' nuestro, no lo hubiera podido soportar. Así que, supongo que gracias por irte sin hacerme eso. Lo malo, son las consecuencias de ello, tal vez un 'adiós' hubiera sido duro para mi, pero al menos hubiera sabido que no ibas a volver más, hubiera dejado de esperarte, hubiera dejado de pasar noches en vela pensando en ti, en tu manera de caminar, de sonreír, de como te acercabas a mi y me mirabas a los ojos cuando todo iba mal, de la la sensación que corría por mi cuerpo cada vez que me abrazabas, de tu tacto, de tu risa o sonrisa, en como me decías que todo iba a salir bien, de todos tus te quiero, de tu manera de alegrarme todos los días, de ese lunar al lado de tu cara, de todos los besos que me diste y de todos los momentos a tu lado...
Es demasiado doloroso para mi tu ausencia, tu indiferencia, por las noches lloro y te grito lo más fuerte que puedo, te insulto incluso, pero es en vano, porque sé que no me escuchas. En fin. Espero que estés donde estés, estés feliz y hayas encontrado a ese alguien que te de, lo que supongo que nunca te di yo y por eso te marchaste.
Te pido que al menos que cuides de mi corazón. Y quiero que sepas, que me da igual todo, que solo quiero que seas feliz por encima de mi y de todos, que sonrías aunque no sea por mi. Es lo único que quiero.

PD: Nunca dejas caer a nadie más desde el cielo, como hiciste conmigo, duele demasiado y es cruel, incluso para ti.

Siempre tuya,
María.

6 de septiembre de 2013

"La vida no es esperar a que la tormenta pase, ni es abrir el paraguas para que todo resbale... Es aprender a bailar bajo la lluvia".

Sé que ahora mismo dentro de mi cabeza hay una gran tormenta. Incluso dentro de mi. De mi corazón. Hay tormenta, tormenta de las fuertes, de las que todo el mundo odia. De esas de truenos, rayos y relámpagos. En cambio, a mi siempre me han gustado. Me parecían una buena forma de pensar. De reflexionar. Cada vez que me hago más mayor, noto que no me gustan tanto, o al menos no dentro de mi misma. No me gusta que dentro de mi cuerpo truene y dilueva tanto, que al final todo acabe inundado. Porque sé que si eso pasa, ya jamás podré sacar todo ese agua. Y cada vez que se acerca una tormenta, como a los niños pequeños que se refugian en la cama de sus padres, la diferencia, es que yo no tengo ninguna otra cama en la que refugiarme, solo la mía. Porque da miedo que todo lo que has construido termine por derribarse, por caerse al suelo. Y finalmente te toca volver a arreglar y reconstruir todo, y eso no me gusta, porque te das cuenta de que no sabes donde estaban todas las cosas, no conoces exactamente donde se encontraban antes de que la tormenta se lo llevará por delante. Y odio no encontrar las cosas por haberlas cambiado de sitio. Me hace sentir confusa, más pérdida que antes. Por eso, no lo puedo permitir, no puedo permitir que llueva tanto dentro de mi corazón, de mi cabeza, dentro de mi... 
Señoras y señores os voy a contar mi propósito para este Septiembre. (Al principio, mi plan era meterme en la cama, debajo de mis sábanas, sin importarme ni una mierda el calor que hiciera, solamente para refugiarme del comienzo, de la rutina, de este mes que apesta. Dormir, dormir, dormir. Y no despertar hasta que todo fuera mejor. Después me di cuenta de que no iba a ser posible. De que los osos solo invernan cuando hace frío y no calor... y qué desgraciadamente yo no soy un oso. Ah, y por supuesto me di cuenta de que las cosas nunca iban a ir mejor y si alguien os ha dicho que sí, os mentía, lo malo ha pasado vale, pero lo peor está por venir. Sé que es una frase con mucho optimismo en ella, pero así soy yo... tan graciosa como siempre.) En fin. Al cabo de las horas sentada en mi cama, filosofando sobre la vida, me di cuenta de que no todo tenía porque ser una mierda. Que hay cosas que si se pueden cambiar. Y como yo no quiero que haya una tormenta en mi y todo se inunde... voy a conseguir la luz que necesito. Mi plan, es poner la música al máximo volumen (aunque nunca sea lo suficientemente alto), bailar, bailar mucho, cantar (aunque desafine), sonreír sin motivo alguno y abrir un agujero dentro de esta oscuridad, para que entren los rayos de sol. Saldré de la habitación y motivaré a la gente. Haré un club, si hace falta, 'los felices en Septiembre'. Suena bien. Creo que también haré un periódico que solo incluya buenas noticias. Regalaré libros a todo el mundo (porque quién lee, no solo vive una vida). Incluso cantaré y la gente de la calle me seguirá y bailaremos sincronizados (aunque nadie entienda como se sabe el baile,como en las grandes musicales). Y ese es mi propósito: sonrisas, flores, corazones y optimismo. 
Y sí, no niego que tal vez llueva un poco, porque la lluvia nunca viene mal, al revés, la lluvia siempre me ha ayudado. Y yo amo la lluvia. Pero lo que he aprendido de todo esto y lo que he marcado como mi gran meta es: 'la vida no es esperar a que la tormenta pase, ni es abrir el paraguas para que todo resbale, es aprender a bailar bajo la lluvia'. (Además odio los paraguas, me gusta sentir la lluvia mojándome y eso nunca cambiará.) 

4 de septiembre de 2013

Capítulo 001.

Caricias en la espalda. Una leve brisa. Un amanecer en el horizonte. Sonido del mar al fondo. Las espigas que le hacen cosquillas. Alguien que la mira como nunca le ha mirado nadie. Una sonrisa, ¿cuánto tiempo hacía que no veía una tan verdadera como esa? Se sentía en paz. Algo la atrapaba. Era él y lo hacía en sus brazos. Magia, despendrian magia. Pero, ¿quién era él? ¿por qué la había elegido a ella? De repente, el amanecer se esfumó. Él chico sin nombre, sin ojos, ya no sonreía y poco a poco se hacía cenizas. El sonido del mar ya no era de mar, era un zumbido aterrador, con fuertes gritos. Ella ya no se sentía en paz, algo le oprimía el pecho y hacía que no pudiese respirar. El escenario cambió a una sala negra, donde ella no veía nada. Esto no iba bien. Y de repente, oscuridad. Y nada más. FIN.

Me desperté sobresaltada, mientras me incorporaba en la cama de sábanas blancas. Como en mi sueño, había algo que no me dejaba tomar aire. Estaba sudando, miré a mi alrededor, seguía en ese puto hospital. ¿Cómo podía seguir allí? Tendría que haber conseguido escapar hacía mucho ya. Pero lo conseguiría, estaba segurísima de ello. Las luz que entraba por la ventana, me cegaba. Joder. Todo era una mierda. Puse los pies en el frío suelo y fui descalza hasta el baño, pero de pronto llegó una enfermera.
-Ari, ¿a dónde vas? -me preguntó con ese tonito en la voz que tanto odiaba. Cada vez que venía esa enfermera, tenía ganas de tirarla por un largo y profundo precipicio.
-Al baño, ¿es que a caso eso también está prohibido es esta puta cárcel? -puse la sonrisa más falsa que pude en mi cara.
-Sabes que no puedes ir sola. -me respondió la mujer con una alegría que no entendía a que venía, ¿es que era feliz con su trabajo? ¿o acaso tendría una vida perfecta? No lo creo, tenía cara de amargada, solo que sabía fingir considerablemente bien, como yo, supongo.-.
-¿Ósea ni mear sola puedo aquí?
-No, lo siento.
-No digas lo siento, si realmente no lo sientes. -la miré fijamente, y ella me apartó la mirada rápidamente. Yo tampoco le gustaba a ella, eso estaba más que claro. Pero esa tía no iba a entrar conmigo al baño, eso estaba seguro.
-No voy a mear contigo mirando. -respondí con asco en la voz.
-Ah no, claro que no, yo solo me quedaré fuera, pero no puedes tirar de la cadena.
-¿Sabes que no soy anoréxica, no? No voy a meterme los dedos, por dios.
-Quién sabe. Es por precaución.
-¿Qué?
-Haz lo que te digo. -me imaginé como la cogía del cuello y la ahogaba. Bonito pensamiento, sin duda alguna. Me dirigí hasta el baño y detrás mía di un gran portazo. Iba a cerrar con pestillo, cuando me di cuenta, de que aquí no había, por supuesto. Yo no podía tener pestillos, tenía una gran enfermedad mental, yo era peligrosa para los demás. Já. Me miré en el espejo. Me lavé la cara, y me hizo un moño sin más. Miré mi pelo ahora castaño, me acuerdo de cuando mi madre lo vio por primera vez, casi le da un infarto. Antes era rubia, pero rubia rubia. Y me acuerdo de lo que me dijo el psicólogo, uno de los primeras cosas que haces antes de suicidarte, es cambiar repentinamente de imagen. Me acuerdo que pensé que ese tío estaba totalmente pirado, él necesitaba estar internado aquí y no yo. Yo cambié porque antes daba asco. Sin más. Sabía que dentro de un armario, había algo de rompa limpia que dejó ahí alguien, la última vez que vinieron a visitarme, así que, lo abrí y me cambié. Este pijama ya apestaba y encima era horrible. No sé que les pasaría a los de este hospital, pero mal gusto tenían, eso seguro, porque para deseñar un pijama así... Me puse los pantalones pitillos, con una camiseta un poco ancha de color coral.

-¿Ari? -me gritó la enfermera amargada desde fuera-
-¿Qué, mi amor? ¿Ya me echas de menos?
-¿Estás bien? -preguntó, mientras abría la puerta del baño y salía de allí.
-No, que va, acabó de meterme los dedos y potar.
-¿Qué?
-Eso -dije mientras me reía. Ella entró rápidamente al baño para ver si era verdad cuando salió con cara de pocos amigos yo aún me seguía riendo. Realmente miré el inodoro, a lo mejor era cierto y debería vomitar, a lo mejor algo más delgada estaba un poco más guapa.-
-No tengo anorexia, que te entre en la cabeza esa que tienes. Que por cierto, deberías cambiarte el peinado, ese te hace cara de bollo. -le guiñé un ojo y se fue por fin de mi habitación. Hoy me sentía diferente. No sé en que. Pero necesitaba respirar aire puro. Pero lo único que olería sería al ambientador del hospital, o bueno lo que coño que fuese ese horrible olor. Me giré y cogí de la mesa que había al lado de mi cama, blanca también, mis pulseras. Me las puse en la muñeca derecha, sobre todo no para estar guapa, si no para tapar mis cicatrices. Miré el techo. Que poco hay que hacer en este puto hospital. Antes me dejaban salir de la habitación, por los pasillos, pero siempre que lo hacía, la liaba. Mi psicólogo, dice que lo hago para llamar la atención. ¿Qué se creía aquel chiflado estúpido? No es que odie a todos los psicólogos, es más, creo que de pequeña quería estudiar eso cuando fuera mayor, por lo tanto, que quede claro que no los odio. Simplemente, odiaba a aquel tipo sabelotodo que se creía el rey del mambo, ¿es qué a caso sabía lo más mínimo de mi? Por supuesto que no. Si lo hiciera sabría que lo que hacía por el  hospital era porque me aburría a más no poder. Recordé el día de hoy. Magnífico, era sábado, el día de las visitas. Eso incluye mi cita con el psicólogo. Estupendo. Maravilloso. De repente entró alguien por la puerta. Mis padres. Sin duda, este día no podía ser peor.
-Hola cariño -dijo la que se supone que era mi madre. La miré con desprecio.
-¿Qué queréis? -ni siquiera dije un simple 'hola', no quería que estuvieran aquí, ellos no querían estar aquí. No conmigo. La peor hija del universo.
-Solo veíamos a ver como estabas... tu padre y yo estamos preocupad...
-Una mierda. -interrumpí chillando.- A vosotros solo os importáis vosotros mismos. -dirigí los ojos a mi padre, me sustuvo la mirada un leve segundo, pero pude ver como sus ojos brillaban. Qué se jodieran.
-Por favor...
-Iros. -respondí con mi mejor tono gélido. Les di la espalda y miré hacia la ventana. Si estuviera abierta, no hubiera dudado ni un segundo en tirarme por ella. Sentí aún la presencia de mis padres detrás mía, lo cual, me hacía respirar con dificultad. Me volví a dar la vuelta.- ¿Sabéis? No me interesais lo más mínimo, sois patéticos que pensando que con venir aquí y decir cuatro palabras ensayadas, arreglareis y quitareis toda esta mierda. No os quiero ver más. Largaos, joder. -Sin decir ni una palabra más, parece que lo captaron y se fueron, y vi que en la puerta estaba mi queridisima enfermera asquerosa.
-Ari, en una hora tienes cita con el psicólogo.
-Lo sé- respondí mientras le dirigía mi gran sonrisa cínica. Después salió sin más de mi habitación y pude respirar. Una respiración, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve... conté hasta que me perdí, miré la hora. Ya llegaba la hora de ir a aquella asquerosa sala.
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-Hola, doctor Jonhson -no le sonreí, porque pasé de fingir que me caía bien cuando realmente no era así.
-Es un placer verte Ari. -respondió, pero él si que sonreía ¿de qué coño iba?
-Mi nombre es Ariadna.
-Cierto. Disculpame, Ariadna -contestó poniendo bastante énfasis a mi nombre.-
-¿Cómo te encuentras? -miré las paredes color crema, aquel color era tan suave, tan muerto y a la vez vivo... los dos sofá eran de color piel y habia dos lámparas blancas alumbrando la habitación. A cualquier otra persona le hubiera parecido un lugar acogedor, a mi me parecía frio y siniestro. Miré a mi psicólogo.-
-Estoy perfectamente. -respondí mecánicamente-
-¿Te gusta estar aquí?
-¿Qué si me gusta estar aquí? Claro, son las mejores vacaciones que he tomado nunca, bonitas vistas, muy cómodo el colchón, tal vez al servicio le falla la amabilidad de sus trabajadores. A lo demás, le doy un diez.
-Entiendo. ¿No te gustaría estar más en tu casa?
-No. -lo dije simplemente porque sé que no es lo que él queria escuchar.
-Entonces, perfecto, me alegro de que la estancia aquí sea tan agradable. Y bueno, cuéntame Ariadna, ¿Cómo te sientes?
-Perfectamente, ya se lo he dicho.
-Tienes que empezar a hablar y a ser sincera con los demás y sobre todo contigo misma. No haces nada engañandote, te harás mucho más daño.
-Yo sé sobrevivir al daño, al dolor.
-¿Y eso? ¿por qué? ¿a qué se debe?
-A que estoy acostumbrada a esas sensaciones -empecé a centrarme en una cosa en particular, y como seguía sin concentrarme ni lo más mínimo empecé a respirar hondo...una respiración, dos respiraciones, tres, cuatro, cinco...
-Algún día vas a tener que aceptar lo que te pasó. -el psicólogo suspiró, como si estuviera perdiendo la paciencia. Todos la pierden conmigo. Soy cabezota, y cuando tengo una opinión, nunca la cambio.
-Mira, yo paso de esta mierda usted lo sabe. Puedo contarle lo bien que lo he pasado estos últimos días tumbada en la cama de este hospital. Pero yo creo que eso no le interesa, así que, ¿por qué no me deja en paz y me deja irme? -me estaba empezando a agobiar aquí dentro, el color de las paredes... las paredes en si parecía que se estaban empezando a tambalear y que se iban  a caer encima. Me dio un fuerte pinchazo en la sien y puse mis manos a ambos lados de la cabeza. Estaba perdiendo el norte, lo sabía perfectamente. Me levanté bruscamente, hasta aquí he llegado. Ya es suficiente.- Mira doctor -dije mirándolo lo más friamente que pude- Yo estoy bien, ¿sabe? no tengo ningún problema -dije moviendo mis manos, cuando de repente otro pinchazo más en mi cabeza. ¿Qué coño pasaba ahí dentro? Alguien me estaba dando martillazos dentro y me estaba matando de dolor. -Joder -susurré, miré otra vez al doctor Johnson y vi preocupación que inmediatamente cambió a diversión, sus ojos se reían de mi, lo veía y lo confirmé cuando de su boca sonó una carcajada limpia, ¿qué coño se creía? Su cara empezó a deformarse antes mis ojos incrédulos y vi como aparecía un bicho de color gris delante mía, que no paraba ni un segundo de reír. Me eché para atrás rápidamente asustada. -¡Pare ya! -pero no la hacía y yo notaba que mis piernas empezaban a flaquear.- ¡Le he dicho que pare, joder! -cogí una estatua de adorno que había encima de una estantería a mi lado y apunté a su cara y se la lancé, pero la esquivó. Joder, joder, tenía que parar aquello. -¡Socorro!-grité lo más alto que pude. Segundos después por la puerta entraron, dos bichos más pequeños, me cogieron de los hombros y yo no podía parar de chillar. Me estaba desgarrando la voz. Empecé a moverme en sus brazos, pegué patadas, para conseguir que me soltaran, pero todo fue en vano. Noté un pinchazo en mi brazo y todo a mi alrededor comenzó poco a poco a pararse. Ya no daba vueltas, y yo paré de forzajear con los bichos. Todo era calma y comenzaba incluso a sentirme bien...hasta que todo se volvió oscuro.


Sinopsis y personajes.

SINOPSIS:

Ariadna es una joven de diecinueve años, que está ingresada en la planta de psiquiatría del hospital, tiene una enfermedad pocas veces diagnosticada. Trastorno de la personalidad. Es como si tuviera dos caras, la buena y la mala. Antes de entrar en el hospital, ella decía que era feliz, bebía, se drogaba, salía de fiesta, se enrollaba con miles de tíos, pero ella era feliz, excepto cuando llegaban uno de sus muchos ataques. Álex, es un chico más de su larga lista de tíos, pero él parece más especial que los demás, sobre todo porque por su culpa está encerrada en esa cárcel. Ella solo quiere escapar de allí... escapar, escapar, esa es la única idea que mueve su mundo, salir y de mostrar que ella está perfectamente.

PERSONAJES:


Ariadna :
Ariadna, aunque todos la llaman Ari, es la protagonista de esta historia. Siempre creía que había sido feliz, hasta que un día su vida se pone al revés y ella ya no sabe como salir de aquello. Se refugia, en los tíos, en el alcohol, en las drogas, en su mundo "maravilloso". Tiene diecinueve años, su color de pelo natural es castaño miel y tiene unos preciosos ojos azules. Siempre había sido frágil, hasta que se vuelve la chica más dura de todas debido a las circunstancias, ya no quería a nadie, no realmente. Se volvió superficial. Es cabezota y orgullosa. Ahora tiene trastorno de la personalidad. Cuando conoce a Álex, todo cambia, pero ella ahora lo odia con toda su alma. 


Wendy:
Wen, es la mejor amiga de Ariadna, de dieciocho años, uno menos que Ari. Le encanta la fotografía y escribir. Rubia y con ojazos. Bastante tímida y reservada hasta que coge confianza. Es especial, mágica. Pero su mayor defecto, es que se ilusiona rápido y es enamoradiza. Aún está esperando a su Peter Pan. 






Álex: 
Su nombre es Alejando, pero él dice que es Álex. Tiene veinte años recién cumplidos. Y es un mujeriego de pies a cabeza. En su vida ha tenido ni una solo preocupación. Siempre se ha creído perfecto. Creído, engreído y rico. Un chico guapo, alto, moreno, con una gran sonrisa que pocas veces muestra, es serio, recio, con algo que le hace interesante. Misterioso. ¿Pero quién sabe lo que se esconde tras una cara bonita?








3 de septiembre de 2013

A drop in the ocean.

Nunca seré suficiente para nadie. Esa es la idea que corre por mi cabeza, todo el puto tiempo. Es como si me hubiera cogido por el cuello y no me dejara respirar. ¿No habéis tenido miedo nunca a no ser lo suficientemente buenos para los demás? Yo sí, todo el rato, a todas horas. Desde pequeña me han hecho sentir inferior, pequeña, muy menuda, una hormiga a punto de ser aplastada. Nunca me ha gustado esa sensación que te oprime el pecho, que no te deja ser tu misma, y sé que esa sensación la han causado los demás en mi. Que cuando mi madre me veía con nueve o diez años, me preguntaba, ¿cómo te ha ido el colegio, cariño? Porque ella sabía que algo iba mal, no era la misma niña alegre de siempre. Alguien toco el interruptor de mi propia Campanilla y se marchó. Sin más. Mi infancia quedó en cenizas debido a las demás niñas caprichosas que no tenían suficiente con su maravillosa vida, sino que tenían que arruinar la de una compañera de clase que siempre se calló todos los insultos dirigidos hacia ella. A veces, no hablamos, pero eso no significa que nuestros ojos no los hagan, hay gente sufriendo y no lo dice pero estoy segura de que en sus ojos verás que está naufragando, que necesita urgentemente un salvavidas. Pero nadie la mira detenidamente y entonces, nadie le lanza nada y naufraga, y se va perdiendo y hundiendo entre las olas de agua salada, hasta caer en el fondo del mar. Más tarde, todos sabemos lo que pasa, alguien nota su ausencia (ahora si, claro) y llora. Y todo el mundo de repente se siente culpable, 'ay, yo le dije tal', 'espero que no le afectara mi insulto, no iba con esa intención'. Pues yo sé que la niña debajo del mar, está odiándoos por ello, por no haberla salvado, por no haber hecho nada por ella, por haberla ignorado y tratado como un objeto de decoración más. Y sí, en esos casos, cuando no miramos a los ojos de alguien, estamos cometiendo un grave error, porque no sabemos cuando gente podrá morir por nuestra maldita y puta culpa. Y creédme, yo desee ser la niña ahogada por las olas del mar, pero nunca le di ese gusto a nadie, pocos miraron mis ojos café detenidamente, y sí, naufragué, pero nadé contracorriente, nadé con todas mis fuerzas, nadé y no pensé en nada más, solo en salir del caos. Y aún sigo nadando, estoy a flote, moviendo mis brazos y mis piernas, aún no me he ahogado. Aún. Porque sigo esperando que alguien me mire a los ojos y sepa que algo dentro de mi va mal, y se ofrezca a ser mi salvavidas. Sigo esperando, para nada, solo porque me gusta tener esperanza en algo. Es lo único que me hace sentir todavía viva. Que en mis venas fluye sangre y no agua. Que mi corazón sigue latiendo y mi cerebro pensado sin parar a descansar ni un solo segundo. Desde aquí, flotando en el agua, veo mi reflejo y siento miedo. Miedo y repulsión hacia mi misma. ¿Quién coño es la del reflejo? ¿por qué alguien con grandes ojeras, lágrimas en los ojos hinchados y pelos desordenados está haciendo pasar por mi? Después una ola viene hacia a mi y me doy cuenta de la verdad. De que ese reflejo del agua, soy simplemente yo. Agotada. Exhausta. Rendida. Pero sigo siendo yo. Pero ahora que estoy ahí, sola, sin nadie que me diga lo contrario, sé que nunca aceptaré mi propio reflejo. Que nunca me gustaré. Y entonces, lloré como nunca antes lo había hecho, y mis lágrimas se perdieron entre el agua del mar. Y sin más, eso soy, algo tan simple como una gota en el océano.