24 de julio de 2013

El rosa apesta.

No sé como desahogarme. No sé ni siquiera que hacer para salir de este caos. Me siento abrumada. Aplastada. Sin oxígeno. Pero no porque la gente me agobie, en todo caso es lo contrario, la soledad  me agobia. El silencio empieza a dejarme sorda. Y las lágrimas, ciega No lo soporto más. Me siento diminuta. Insignificante. Una hormiga entre miles de seres enormes, sin compasión, que te van a pisar quieras o no. No me siento suficiente para nadie. Soy horrible. No entiendo esto. No entiendo por qué sigo aquí, el que cojones sigo haciendo. Tanto luchar, ¿para qué? Dios. Siento que dentro de nada mis dedos van a parar de teclear y voy a tirar el ordenador lejos de mi, después lloraré, me lamentaré y me quedaré dormida para siempre, ojalá fuera para siempre, solo será para unas horas. Pero al menos unas horas en las que no tendré que pensar en nada. Absolutamente en nada.  Ni en mis problemas, ni en él, ni siquiera en mi vida de mierda. Sería perfecto, que ahora mismo pudiera tomar unas pastillas de amnesia y olvidar todo. Todo esto que me hace sufrir, ser algo que no soy realmente, quitarme esta soledad de encima, echar al miedo de mi cuerpo, corazón y mente y salir del pozo sin fondo. Ojalá fuera lo suficientemente fuerte como para seguir adelante. Como para poder sonreír sin más. Y aparentar que mi vida es de color de rosa. Pero hoy no puedo. ¿Por qué sabéis? El rosa apesta a gente que realmente quiere parecer feliz y no lo es.