28 de julio de 2012

Ojalá estuvieras aquí.

Ojalá pudiera ser esa vecina, que puede abrir su ventana y verte sonreír. Ojalá pudiera ser yo, esa chica con la que te tropiezas en la calle y aunque ya no la veas más, ha marcado un momento en tu vida. Ojalá pudiera estar detrás tuya y taparte los ojos, que te dieras la vuelta y me besarás delicadamente, como si fuera de cristal. Ojalá fuera yo el cartero, que llamo a tu telefonillo y escucha tu jodida voz. Ojalá fuera la panadera que te vende el pan todos los días, por las mañanas y te ve aún con esa cara de niño bueno que tienes. Ojalá fuera tus sábanas para despertarme encima de ti. Ojalá fuera cualquiera de tus amigos, para poder hacer el tonto contigo y verte reír. Ojalá fuera a esa persona a la que tal vez, ahora estés abrazando. Ojalá me pudiera comer cada puto kilómetro y después darte todos los besos que te corresponden. Ojalá pudiera tenerte aquí, ahora mismo, a mi lado, viéndome escribir esto y diciendo, 'déjate de ojalás y dame un beso, pequeña'. Ojalá.

Kilómetros. ¿Los superamos?

Mirarte y que me sonrías. Mirarte y sonreír yo. Mirarte y perderme en tus ojos color chocolate. Dormirme sobre tu pecho y sentirme protegida, gracias a grandes brazos. Mirarte antes de cerrar los ojos y verte por las mañanas, despeinado y con cara de sueño. Tenerte cerca y sentir como me tiembla todo, hasta tal punto de que el mundo desaparezca y somos estemos tu y yo. Dos chavales enamorados. No saben de amor. Pero lo hacen como pueden. Un amor algo estúpido y torpe. Pero verdadero. Poder quitar tus lágrimas a besos. Y subir encima de tu cintura, mientras tu me empotras contra la pared. Ser solo una persona. Apoyarnos, en todo. Ser felices. Poder susurrrar cosas sobre tus labios, mientras tú me miras. Cogerte la cara con mis manos y decirte que todo saldrá bien. Pero eso, es lo que no sé. No sé si va a salir bien. No sé, si podremos hacer todo eso. Porque al fin y al cabo los kilómetros siguen ahí. ¿Quieres superarlos conmigo? ¿O piensas rendirte?

Querer y acabar perdiendo.

Lo miraba detenidamente, estudiándolo detalladamente, esperando así, comprenderlo. Comprender porque me hacía esto. Lo tenía delante mía, pero no sabía que decirle después de todo lo vivido.  ¿Un perdón? ¿Un gracias? ¿Un vete a la mierda y déjame en paz? En realidad, yo no quería paz. Yo lo quería a él. A él y a su manía de hacerme sonreír. A él y su forma de ignorarme. A él y a su forma de mirarme. A él y a su forma de enfadarse conmigo y a los minutos decirme 'te quiero, tonta'. Quería que me besará hasta que mis putos labios se quedarán secos. Quería fundirme con él todas las putas noches de mi vida. Quería quitarle esa máscara, de chico sin sentimientos. Quería que fuera solo mío. Quería sentir su pulso acelerado, encima de mi corazón. 
Por eso, cuando por fin se dignó a mirarme, solo pude dibujar el contorno de sus labios y besarle. El beso sabía a un adiós. A un no podemos estar juntos. Amargo. Jodidamente amargo. Pero había que aceptarlo, cuando se quieren tantas cosas, al final, acabas perdiéndolo todo. 

No te vayas, bebé.


Piensas que ya no puedes respirar más, se te hace un nudo en la garganta, miras a tu alrededor, ves a toda la gente, te gritan, te acusan de que cosas que tú nunca podrías haber hecho, se ríen y te vuelven a dejar sola. Y lloras. Te sientas en el suelo y te echas las manos a la cabeza. ¿Qué has hecho tú para merecer esto? ¿Por qué? ¿Por qué a mi y no a otra persona? No te puedes ni levantar, estas sin fuerza, mentalmente muerta. Sin ánimos. Sin nadie. Sola. Otra vez. La historia se repite. Es un círculo vicioso, y no puedes evitarlo, el sentirte atraída en dar vueltas y vueltas en él, hasta que te mareas y quieres salir, chillas, suplicas, pero ya nadie te hace caso. Hasta que algo te deslumbra. Entornas los ojos, es una luz cegadora. Sientes una respiración a tu lado. Es alguien. O mejor dicho, es él. Lágrimas de alivio, de consuelo y de alegría se te escapan. Te mira y sonríes, como una niña pequeña. Te tiembla todo. Lo tocas y ves que es real. Que no es tu imaginación, que está aquí. Te abraza, sabes que él no se va a ir. Que va a estar ahí, junto a ti, hasta que la tormenta pase y vuelva a salir el sol. Porque... siempre hay alguien para ti, aunque no lo veas, está. Delante de tus narices. Y te salva. Para siempre.