12 de mayo de 2012

Te quiero príncipe.

Os hablaré, de los chicos. Habitualmente son gilipollas. Uno más que otros, obviamente. Te suelen tratar como a un juguete. Un día le gustas y al otro decide ignorarte. La mayoría son tontos, no suelen enterarse de nada, ni aunque les tires un millón de indirectas. Hay que decirselo todo claro. No aprecian nada de lo que haces por ellos. Y cuando estás ilusionada por hablar con él e intentas sacar conversación, él te responde con jodidos monosílabos. Además de que solo se fijan en el físico, no ven más allá. No profundizan. La mayoría no son detallistas y no se acuerdan ni de la mitad de las cosas. Un por ciento alto de chicos, no son nada románticos, ni te besarán debajo de la lluvia, ni te susurrarán un te quiero al oído. Te llevan a la cama, pero no precisamente para decirte un 'Buenas noches princesa', darte un beso en la frente y dejarte dormir abrazada a él. Además son unos putos egocéntricos, que solo piensan en ellos mismos, no piensan en como estarás tú. Y siempre, siempre, tienen que llevar la razón en todo o casi todo. Y por supuesto, solo viven por y para sus amigos. Son jodidamente complicados.
Y aún así, con todos esos defectos que los chicos tienen, tú ahora mismo, estás llorando por uno de ellos.  Porque al final, las chicas somos las más tontas e incompresibles. Y yo, estoy enamorada de unos de esos gilipollas. Y si pudiera dar marcha atrás y poder elegir. Lo haría. Lo elegiría a él y a todos sus putos defectos.

3 de mayo de 2012

El mundo sigue girando, a pesar de que tu corazón este destrozado.

Miro hacia abajo y pudo ver como sus pies, hacían que varias piedras, cayeran al vacío, a la nada más absoluta.  Desde que nació, su vida fue una caída para abajo, para el núcleo terrestre, rompiendo así esas teorías físicas estúpidas. ¿Por qué si siempre había estado cayendo tenía miedo ahora? Solo era un salto y todo terminaría. Saco aquella que tanto tiempo había estado guardada en su bolsillo trasero del pantalón y lo vio. Otra vez. Su pelo rubio y corto, sus ojos brillantes y verdes, esperanza, esos  pequeños brazos que tantas veces había estado junto a los suyos y sobre todo, esa sonrisa, la de su hermano. Lo echaba tanto de menos que dolía. Quería estar con él y está era la única solución. Mientras caía una lágrima desobediente por su mejilla, tiró aquella foto, susurrando un, nos vamos a ver pronto     pequeño. Suspiró, cerró los ojos y extendió sus brazos. Respirar, espirar, ¿para qué? Nadie lo echaría en falta. De repente, sin esperarlo, sintió un brazos por detrás, subiéndose encima de él, haciendo que casi los dos cayeran por ese precipicio. No lo hagas, por favor, no lo hagas, sollozo su voz. Él confundido se dio la vuelta y la tuvo a escasos centímetros. Bajó la cabeza para poder mirarla, ya que le llegaba por el pecho. Como siempre, estaba con su pelo pelirrojo al viento y con esos ojos marrones, que suplicaban que volviera con ella, derramando lágrimas, que tiempo después él no se perdonaría jamás. Era la mujer de su vida.
Te quiero, Jace, ¿me escuchas? yo te quiero, no me puedes hacer esto. No puedes dejarme sola, Jace... me lo prometiste. Entonces él, después de años, sufriendo, se dio cuenta, no podía quitarse la vida, había gente aún en el mundo que le quería y necesitaba, había gente que lloraría por su muerte, pero había estado tan cegado por la ida sin vuelta de su hermano pequeño, que no podía ver más allá. La abrazo, abrazo a la chica que le había devuelto la vida, y no hizo falta palabras, ellos se entendían, ese era su idioma.